jueves, 11 de septiembre de 2014

Las preguntas fundamentales






    Acabamos de vivir como comunidad educativa momentos muy duros y dolorosos que nos han vuelto, como es natural, sobre preguntas fundamentales de la existencia: ¿por qué pasan las cosas?, ¿qué sentido tiene la vida?, ¿dónde está Dios?

Estamos todavía muy cerca para comprender el sentido de las cosas que hemos vivido, y quizá nunca lleguemos a ver con claridad cosas que residen en lo más profundo de los designios amorosos del Señor, al menos hasta que podamos contemplarle cara a cara.

Sin embargo
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 la última pregunta ¿dónde está Dios cuando suceden estas cosas? sí está directamente relacionada con la realidad de Dios como la fe nos la revela:  en realidad la recordamos año a año pero nos quedamos en su dimensión más hermosa, sin percatarnos de sus consecuencias más hondas.  Creemos, efectivamente, que Jesucristo es "el Dios con nosotros", el "Emmanuel" y lo repetimos contemplando la imagen tierna del Belén. Pero no pensamos que no está únicamente con nosotros allí, sino que ha venido para hacerse parte del tejido mismo de la vida humana en todas sus circunstancias, especialmente las más dolorosas y difíciles. Su Cruz, la Cruz de la Semana Santa es el continente de todos nuestros dolores que va recogiendo a lo largo del tiempo, de la historia, de los pasos de nuestra vida.

No creemos en un Dios que nos mira desde fuera como personajes de un reality absurdo. Creemos en un Dios que se hace hombre, que sufre como hombre y que hace suyos todo el sufrimiento humano, cada sufrimiento, cada lágrima.  Cuando en el capítulo 25 de Mateo nos dice que cada gesto nuestro con el pobre, el enfermo, el desvalido, el apresado, es un gesto con Él mismo, nos está diciendo hasta qu
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punto Él se ha hecho uno con nosotros.  Jesucristo está presente de manera maravillosa en la Eucaristía, pero está igualmente presente en nuestra propia alma por el bautismo, y en nosotros comparte íntimamente nuestras vidas, y en nosotros sufre el mal consecuencia del pecado y de sus efectos en el desorden de la naturaleza, que "gime con nosotros con dolores de parto esperando la redención de los hijos de Dios." (ver Rom 8,22)

¿Dónde está Dios?: En el corazón de la viuda, del enfermo, de la prostituta, del loco, del niño abandonado o mutiliado por la guerra, del renegado, del solitario, en cada uno de nosotros, especialmente ésos que son los últimos, para desde lo hondo de la condición humana redimirnos a todos y llevarnos a la casa de
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 Padre, donde no habrán más lágrimas ni dolor.

Nuestra religión no nos eleva de nuestras preocupaciones ni nos saca de la realidad de la condición humana. Al contrario la asume en todas sus dimensiones y la redime dándole sentido. Por eso una Cruz preside nuestras celebraciones recordándonos que el triunfo de Jesús es un "ya pero todavía no" hasta que la humanidad haya cumplido su último destino.

jueves, 14 de marzo de 2013

Ante el nuevo Papa




Ayer el mundo recibió con sorpresa y alegría al Papa Francisco, y ya hoy los comentaristas y politólogos inundan las páginas de los diarios y los blogs especializados con análisis y comentarios acerca del significado de esta elección: que el nombre que eligió, que si pidió humildemente las oraciones del pueblo, que si se subió al bus con los demás cardenales en lugar de usar la limusina papal, que si pasó hoy a pagar personalmente la cuenta del hotel donde se había alojado, en fin... 
Sí, hay que estar abiertos a todas estas señales, pero creo que no debemos olvidar que la primera interpretación no es política, ni económica: fundamentalmente estamos ante un acontecimiento profundamente espiritual. Es el Señor quien escogió a Jorge Bergoglio para llamarle al sacerdocio y luego a la silla de San Pedro, y con esta elección nos está dando un mensaje, al mundo, y a cada uno de nosotros.
La Iglesia no es una institución meramente humana. Ése es más bien su lado más débil y proclive a la flaqueza: la institución y los pobres seres humanos que hacemos parte de ella. La Iglesia es ante todo la presencia continua del Señor en el mundo, “no les dejo solos”(Jn 14,19), su “cuerpo místico” (Rm 12, 4-5) como dice San Pablo. La Iglesia es Jesucristo sacramentalmente presente en el mundo, actuando, amando, proclamando el Reino del Padre en medio de los hombres.
En la elección de su Vicario, el Señor le pone a la Iglesia un rostro humano, una voz, y unos brazos que abrazan al mundo. Y ése rostro y ésa voz nos interpelan en el aquí y ahora concretos de nuestro tiempo. ¿Qué nos quiere decir el Señor?
En ese sentido, nuestra actitud debe ser la de la escucha abierta, más aún la de “sentir con la Iglesia” como quería Ignacio de Loyola, es decir escuchar con el corazón despierto y el alma dispuesta para responder con alegría y prontitud a la voz del Maestro: “porque tú lo dices remaré mar adentro y echaré las redes” (Lc 5,4-5).
El misterio de la Iglesia es inseparable del misterio de Cristo. Los dos no forman más que uno. La Iglesia vive de Jesucristo y en ella Jesucristo sigue hablando y actuando en medio del mundo.
Hoy el nuevo Papa, en la primera Misa de su Pontificado, nos ha hecho tres invitaciones:  En primer lugar nos ha invitado, a todos los bautizados, a ponernos de pie y a echarnos a andar: "cuando la Iglesia no camina, se desmorona como un castillo de arena". La Iglesia es peregrina como el maestro, y no debe andar buscando un lugar donde acomodarse a reclinar la cabeza, está siempre en camino. (Mt 8,20)
En segundo lugar el Papa nos ha invitado a todos a “edificar la Iglesia”. Particularmente me ha sonado como aquél sueño del poverello de Asis que escuchó al Señor: “reconstruye mi Iglesia”. Una invitación y una orden de batalla a todos los bautizados: y no hay posición de “pasajero” o “expectador” aquí todos somos obreros y albañiles.
Finalmente, el Papa Francisco nos ha indicado la clave y el fundamento de ese “caminar” y “edificar”: tomar la Cruz y confesar a Jesucristo. Y es que a veces tenemos la misma tentación que Pedro: ‘Sí, tú eres Cristo, yo te sigo, pero no vamos a hablar de la cruz. Yo te sigo con otras posibilidades, sin la cruz‘”. Pero, no hay cristianismo sin Cruz, “y cuando caminamos sin la cruz, -dijo el Papa- y cuando confesamos sin la cruz no somos discípulos del señor. Somos de la Tierra,  mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no somos discípulos del señor"
Y termina con una frase que puede ser un programa de vida:  "Quisiera que todos nosotros tuviésemos el valor y el coraje de caminar en la presencia de Dios, con la cruz de Dios, de edificar la Iglesia sobre la sangre de Dios y confesar que la única gloria es Cristo en la cruz, Así la iglesia puede seguir adelante. Pido a Dios que nos conceda esta gracia".
Esta como muy claro: el Papa Francisco está dispuesto a emplear toda la energía y vitalidad que el Benedicto XVI esperaba del nuevo Papa para conducir la barca de Pedro por los caminos del Señor, y está como muy claro también lo que espera el Señor de cada uno de nosotros.


martes, 12 de febrero de 2013

"Yo renuncio": Libertad y responsabilidad



La sorpresiva renuncia del Papa Benedicto XVI nos ha tomado por sorpresa y nos ha llenado de un dolor humano y natural, pero que a la vez nos descubre una de las dimensiones más profundas de la fe: la libertad.

Con voz segura y serena el Papa explicó a un grupo de sorprendidos Cardenales que sus fuerzas humanas habían llegado a su límite y que había llegado el momento propicio para dejar el encargo petrino en manos más jóvenes y capaces de conducir la barca del pescador en los mares azarosos de nuestro tiempo.

Como el pastor bueno, Benedicto supo sostener con firmeza, paciencia y caridad el timón de la Iglesia cuando el vendaval de las dificultades, traiciones y acusaciones se vino sobre ella prácticamente en todo el mundo. Supo cuidar del rebaño, sostener a los débiles, calmar a los frágiles, denunciar y ahuyentar a los lobos. Llegados ahora a un momento de cierta serenidad ha entendido que es el momento propicio y con toda libertad, sin aferrarse a cargos y honores, confiado en el Señor, ha tenido el gesto maravillosamente libre de hacernos evidente que el Espíritu Santo es el verdadero timón y el verdadero soporte de la Iglesia. No tiene miedo, sabe en quién ha puesto su fe.

Hace unos años el periodista Peter Seewald le preguntó: "¿puede pensarse en una situación en la que usted considere apropiada una renuncia del papa?"  La respuesta no se hizo esperar: "Sí, .. si el papa llega a reconocer con claridad que física, psíquica y mentalmente no puede ya con el encargo de su oficio, tiene el derecho, y en ciertas circunstancias también el deber de renunciar."

Se trata también de un asunto de profunda responsabilidad con la Iglesia. La medicina moderna puede sostener la vida de una persona como él muchos años más. Pero no son tiempos para un papado invisible sin comunicación con las personas de a pie.  La Iglesia necesita de un pastor capaz de viajar a todos los rincones de la Tierra, de encontrase con multitudes y de entrevistarse con personalidades y enfrentar las dificultades y decisiones más difíciles que están reservadas precisamente para él. La Sede de Pedro está en el centro del mundo y su palabra escrita y hablada llega a millones no bien las ha pronunciado, su imagen es multiplicada por los medios y el Internet y es el centro de la atención de amigos y enemigos de la Iglesia en todo el mundo.

Las dificultades y divisiones al interior de la Iglesia también requieren la atención de Pedro, lo mismo que la llegada a los hermanos separados y a las Iglesias orientales.  En un mundo que vive la paradoja de la globalización y la fractura cultural, el Papa debe también llegar al mundo musulmán presente en el Medio Oriente y Asia, pero también en el corazón de Europa. Debe llegar a los pobres del África y al corazón de una Latinoamérica joven donde la fe sigue creciendo pero amenazada por el secularismo y consumismo que ha hecho pasto de los países desarrollados. El Papa debe hablar con el regimen Chino que oprime aún a millones de católicos prisioneros de conciencia en su propio territorio y con la realidad de una India donde la Iglesia viene creciendo aceleradamente pero perseguida y en constante peligro.

El Papa debe sentarse con los poderosos de la Tierra y hacer llegar la voz de los más pobres y oprimidos, especialmente los más indefensos de todos: los concebidos no nacidos, y abogar tercamente por la paz allí donde muchos prefieren callar. Debe iluminar las conciencias de todos y proclamar en nombre de la Verdad cosas que a muchos no les gusta o les duele escuchar por que cuestiona su proceder y valores.

En un mundo sumergido en el consumismo y el materialismo, donde la verdad y la moral se cuestionan y se ponen en duda y donde se ha querido matar a Dios a punta de olvidarlo, el Papa debe levantar el alto la Cruz y proclamar con serena certeza que el Amor y la Verdad viven y que tienen un nombre: Jesucristo nuestro Señor, y que, contra todo lo que nos grita el mundo, el punto de apoyo de la humanidad y de nuestras vidas es nuestra dimensión espiritual, que la vida tiene sentido, que cada vida es valiosa, y que nadie puede disponer de ella.

Ése es el reto y la misión de Pedro en nuestro mundo contemporáneo.
Ése es el reto y la misión de aquél a quien el Espíritu Santo convoque en estos días que siguen.
Rezemos mucho por el Papa y por sucesor y demos gracias a Dios por el regalo que nos ha hecho de estos años a lado de Benedicto.




jueves, 14 de junio de 2012

¿Dónde estabas?

"Tu padre y yo te andábamos buscando" ... ¡Qué cercana se nos hace esta escena del evangelio según San Lucas, ¡qué humana!  Casi es posible imaginar los rostros, la preocupación, el alivio, cuando se divisa al hijo en medio de los doctores de la Ley, absolviendo sus preguntas.  También el irrumpir de la madre en cuyas palabras no es posible no percibir la preocupación contenida.

José, en segundo plano, observa la escena. También él como papá ha sufrido mucho en estos tres días de ausencia y de búsqueda. La ciudad llena de gente venida de todas partes para la gran Fiesta de la Pascua.

Y por eso no deja de sorprendernos la respuesta del hijo: "¿es que no sabían que debía estar en las cosas de mi Padre?"

El Evangelio no coloca palabras al azar y no deja de sorprender que la única ocasión en que José es referido como "padre" de Jesús aparece como en contraposición al "Padre" por excelencia. Y sin embargo acto seguido el evangelista nos informa que de allí en adelante Jesús siguió creciendo a su lado en sabiduría, gracia, y en obediencia a sus padres.

José, padre adoptivo de Jesús, es modelo de todos los padres. Yen esta experiencia extrema no es la excepción. Como todos los padres de la tierra, no las tiene todas consigo. Lucha por proteger y sacar a su familia adelante, y muchas veces no entiende todas las cosas. Y sin embargo siendo como era un hombre silencioso y contemplativo no deja de escuchar la voz de Dios en su oración y en los acontecimientos de su vida.  En la escena del Templo, José, en silencio, escucha y comprende cada vez más profundamente que su paternidad está en función de la paternidad de Dios, y que hay un misterio en el diálogo profundo de Jesús con él. Que el hijo que ha crecido junto a él todos estos años tiene un camino propio y personal. José ha enseñado a su hijo las artes de su oficio, lo ha educado como un buen hijo de David, ha provisto las necesidades de su familia y formado con María un hogar para Jesús. Pero ahora parece claro que este joven empieza a vivir una nueva etapa.

La paternidad tiene esta dimensión de comprender que este hijo es mío, es un 'otro', un otro cuya vida me ha sido encargada como un tesoro. Un otro con ideas y sentimientos propios, con una vida, un alma y una capacidad de abrirse a Dios y relacionarse con Él que debo ser capaz de alentar y educar, pero que esa relación es un santuario donde solo me es dado atisbar como desde fuera.

Unos años después encontramos una formulación parecida en el relato de la Resurrección, esta vez son las palabras del ángel a las mujeres: "¿no sabían que el Mesías tenía que padecer y resucitar al tercer día?"  También ellas había padecido su ausencia durante tres días, también ellas se enfrentan a esa realidad del Señor que supera infinitamente nuestra comprensión y nos invita a guardar silencio y a confiar.

Este es el silencio elocuente de José. Silencio revelador de su apertura profunda al misterio de Dios en su propia vida y en la vida de quienes más quiere. José comprende que ha llegado a un momento muy importante en su misión, pero que esta no ha terminado. Todavia debe ejercer su autoridad protectora de padre, esa autoridad que ejerce como prestada, "en nombre de...," hasta que llegue el momento en que el hijo desde su libertad pueda vivir con plenitud su propio llamado.

En este día del padre, no está demás volver la mirada hacia José para aprender un poco más de él este oficio tan misterioso como profundo.


jueves, 24 de mayo de 2012

“Administradores de los misterios sagrados”



Siempre me llamó la atención esta expresión referida a los sacerdotes. Siempre se me hizo como disonante. Paradójicamente es la que expresión que mejor me ha servido para explicar a mucha gente la situación que está pasando la Iglesia de Lima.
Cuando un sacerdote se ordena, el obispo le entrega simbólicamente el libro de los Evangelios y un copón eucarístico. Su oficio será de ahora en adelante predicar, enseñar, y llevar los sacramentos en nombre de la Iglesia.  En ese mismo acto promete obediencia y respeto a su obispo quien luego, ya en el plano administrativo, le otorga las licencias para ejercer ese ministerio en el territorio de su diócesis.
Esta práctica, iniciada con los apóstoles, ha continuado, con la salvedad de las formas, por dos mil años de historia. El obispo, sucesor de los apóstoles asegura así la ayuda necesaria para guiar una feligresía de cientos o miles de personas.
Así pues, el sacerdote, con todo el carisma y valía personal que pueda tener, no es dueño de su ministerio, sino “administrador”, administra ‘a nombre de la Iglesia’ , representada por el obispo, y para beneficio de los fieles.  
Si el obispo encuentra que esto no es así, su deber será llamar al orden, corregir, aconsejar, exhortar, para que la situación se corrija y el pueblo fiel no sufra menoscabo en su fe. Si nada de esto da resultado puede retirar al sacerdote el encargo que le hiciera, al menos momentáneamente.  Y si el caso es grave, iniciar un proceso de suspensión temporal o definitiva. Para eso hay un procedimiento establecido en defensa del derecho del Pueblo de Dios a recibir de sus sacerdotes y obispos la verdad confiada a la Iglesia bajo la custodia de Pedro.
Luego de seis años de diálogos, exhortaciones, correcciones, llamados al orden, etc. el Arzobispo de Lima ha llamado a un sacerdote a un diálogo personal y le ha comunicado que no puede seguir contando con él para el encargo recibido. Qué siguió de ese diálogo necesariamente privado, no lo sabemos. La disciplina de la Iglesia y la corrección exigen el silencio y la meditación personal de la persona involucrada. Sin embargo, cuando vemos de pronto a los medios haciendo suyo este tema y ventilando honras, sabemos con seguridad que hay algo que no ha funcionado bien. 
Es una pena por lo que trae confusión y daño. El escándalo es precisamente eso.  
¿Es un tema de libertad de expresión?  Para nada. Cualquiera puede opinar. Pero no es correcto querer enseñar en nombre de la Iglesia lo que son opiniones propias.  Más aún cuando se difiere del Magisterio en temas esenciales.
¿Hay intolerancia, abuso, falta de respeto? Seis años de diálogo silencioso y paciente son prueba suficiente precisamente de lo contrario. 
¿Debe el Cardenal “ser transparente” y “hacer públicas” sus acusaciones. Este largo proceso ha sido y debía ser privado, precisamente para cuidar la honra y buen nombre del sacerdote. Además el debido proceso según el Código Canónico así lo exige. 
Sorprende, pues, el súbito interés de algunos políticos y periodistas por la vida interna y salud de la Iglesia. Sorprende el despliegue mórbido de la prensa y la falta absoluta de escrúpulos y caridad en los comentarios y calificativos hacia el Cardenal, y de paso el uso y abuso del nombre e imagen del sacerdote para propósitos inconfesados.
A la Iglesia no le faltan ataques en los últimos tiempos, ni al mismo Cardenal. Y sin embargo no deja de admirarnos la honestidad y valentía del Pastor que sabe que toma una decisión difícil y seguramente incomprendida, pero que es fiel a su deber, a su conciencia y al bien de su feligresía.
Precisamente por este motivo hemos querido sumarnos a esta iniciativa de recoger firmas de apoyo a Mons. Cipriani, que no tiene otro objetivo que dejar en el corazón del Pastor una voz de aliento y la seguridad de nuestras oraciones.

miércoles, 9 de mayo de 2012

De las mamás y otros milagros


Hace unos días compartí con el grupo de mamás delegadas una plática sobre la maternidad desde la perspectiva de Santa María.  Y es que solemos verla "allá" en el Cielo, y nos cuesta verla en su experiencia como mujer y como madre, y de lo mucho que tiene que decirle a la mujer de nuestro tiempo.

Como madre, María acogió el misterio mismo de la vida en su seno y la hizo posible. Como esposa hizo del hogar de Nazaret un núcleo perfecto de amor y la fecundidad. María es la "mujer fuerte" cuyo talón aplasta la serpiente, "la hija de Sión" en quien la promesa del Mesías se realiza. María es ejemplo de lo que Juan Pablo II llamó "el genio femenino". Un espejo purísimo donde toda mujer puede mirarse para entenderse a sí misma. 

En María vemos a la vez la maternidad, física y espiritual, inherente a la mujer. Nos muestra cómo es posible proteger y hacer surgir la vida aún en las condiciones más difíciles. Junto a José cuidó la vida que le había sido confiada, de la persecución de Herodes, y probó la vida del hambre y del destierro en Egipto. No la vemos dudar ni quejarse. La maternidad cuesta a veces sacrificios y renuncias, y lleva al límite la capacidad de amar, pero sostenidos en el Señor, saca del mismo dolor lo mejor de nosotros mismos.

María entiende su maternidad como una vocación. Y es que toda maternidad humana es una vocación: un misterioso llamado personal que exige de nosotros una respuesta libre. Solo una respuesta libre que se renueva cada día puede verdaderamente realizarnos como personas.  

En su  "Carta a las mujeres", el Papa Juan Pablo II, con honestidad, cariño, y, singular agudeza, expresa su admiración y agradecimiento a la mujer en las diferentes dimensiones de su existencia. Y, a la vez, comparte una reflexión muy profunda sobre la naturaleza propia de la mujer. Les ofrece así un sólido fundamento para comprenderse a sí mismas, comprender la hondura e importancia de su llamado, su dignidad esencial, y la manera particular como Dios las ve. Y desde ese marco, las reta a participar de la dimensión creadora y ordenadora del mundo y de la cultura.

Entender el llamado a la maternidad como una vocación, es comprender que ya no se vive para sí misma, sino para el Amor que convoca a desplegar la propia capacidad de amar realizándose al mismo tiempo  como persona.  Como "vocación" somos invitados a la vida en el seno de una familia; como "vocación" recibimos el don del bautismo; como "vocación" entendemos que Dios nos ha pensado desde toda la eternidad y sigue pensando todavía en nosotros. Como una "vocación" debemos entender también la llamada continua de Dios a crecer y a amar en las circunstancias particulares en que nos toca vivir. No, no estamos solos. Dios nos conoce y nos está continuamente llamando.
Por eso, la primera y fundamental responsabilidad educadora de la madre es educar a su familia en la escucha de la voz de Dios en sus vidas. No se puede responder a un llamado que no se escucha,  hay que educarles por tanto en la sensibilidad, y el silencio interior y exterior para poder escuchar.  La capacidad de "estar pendiente" de las personas y las cosas es algo muy natural en una mujer y en una madre. Pendiente de los detalles de su casa, de sus hijos... es una forma de escucha que debe ser parte de su misión educadora: enseñar a su familia a "estar pendiente" de la voz de Dios en sus vidas.
Y junto a la escucha, educarles en la libertad y generosidad para poder responder con coherencia y perseverancia. La libertad es un don maravilloso en el cual tenemos que ir creciendo día a día. Es poder disponer de sí mismo para obrar el bien y la verdad. Pero ¡cuántos chicos hay que crecen prisioneros de sus debilidades y de sus egoísmos! ¡Cuántas veces confundimos el amor y el natural deseo de protegerles del dolor y de la contradicción y no les formamos para crecerse ante ellas, para ser generosos, pacientes, perseverantes, responsables! Y es que, a riesgo de convertirse en un amor posesivo, el amor que protege y cuida, debe convertirse necesariamente en el amor que ofrece y entrega: lanzarles a la vida, a su propia vocación y llamado, que es también el camino de su propia felicidad. 
Nuevamente es iluminador el ejemplo de María. Su "sí" al Señor, su "hágase", fue un sí responsable por el que se dispuso a un camino que no podía comprender del todo ni controlar del todo. Fue un activo estar a disposición, un activo acompañar y secundar la misión de su Hijo hasta las últimas consecuencias, unas consecuencias que ella no podía controlar. 
En este sentido y a manera de motivación vale la pena ver un vídeo clip llamado "Mary did you know"  que me gustó mucho porque muestra justamente esta dimensión de la vocación de María. Ella acepta generosamente un llamado y una vida cuyas consecuencias la trascendían. No se guardó para sí misma, supo donarse en amoroso servicio. Tampoco quiso retener a su hijo para sí misma: María aparece siempre donando, ofreciendo a su hijo al mundo, como cuando recibe a los magos, como cuando sugiere el milagro de Caná... como cuando le acompaña en su vida y, sobre todo, junto al altar de la Cruz.  
Y ese donarse, no fue un acto pasivo o resignado, sino una activa colaboración con la gracia de Dios obrando a través de ella en el mundo que la rodea.  María se pone en camino, -"prontamente" dice el Evangelio- a ponerse al servicio de Isabel su pariente.  Llevando a cuesta su propia maternidad hace el duro camino a la casa de Isabel. Supo hablar fuerte y claro cuando fue necesario, y guardar también un intenso silencio y esperar contar toda esperanza. Supo rezar sola y también acompañar la oración de los apóstoles en Pentescostés. María comprendía que su "vocación" no había terminado con la Ascensión: "Ahí tienes a tu hijo", Juan, Pedro, Santiago,... no, su misión continuaba y continúa todavía en nosotros como Madre de la Iglesia.
La "vocación" de una madre no termina nunca tampoco. Evoluciona y se extiende de maneras distintas con los ritmos de la vida. Sigue siendo una vocación de servicio a la familia que crece y que sigue necesitando de su servicial "estar pendiente", de su palabra, de su silencio, de su oración, de la experiencia y la sabiduría de su vida.  En la escucha y atención a su propia vocación y llamado la mujer madre va creciendo y madurando como la vid que fecunda que sigue dando fruto a la espera del viñador.

sábado, 21 de abril de 2012

Libertad y disciplina

Hoy por hoy está instalada en la mente de mucha gente la idea que "libertad" y "disciplina" son dos ideas opuestas. Que "libertad" es obrar según mi voluntad, y que "disciplina" es aquello que limita o al menos regula esa libertad.  Nada más falso.

Pienso que "libertad" y "disciplina" son conceptos dependientes el uno del otro: "a más disciplina, más libertad".  

Definamos nuestros términos para comprendernos mejor:  entendemos disciplina como "la capacidad de estar disponible a mí mismo para obrar en función de un fin previsto".  Es así que si defino que deseo salir a ejercitarme todas las mañanas, o emprender una dieta, o dedicar unas horas diarias al estudio, entonces voy a ser capaz de cumplir con aquello que he previsto. Si dejo las cosas a la mitad, si la pereza me vence o si me dejo distraer por otras ocupaciones más interesantes, entonces diré que "no tengo disciplina".

Se entiende así que la disciplina personal es como el músculo de la voluntad. Y la analogía no es gratuita. Si no entreno ese músculo entonces lo más probable es que mi libertad personal se vea comprometida. Querré hacer muchas cosas, pero nunca las emprenderé o las dejaré a medias. Las dificultades propias de cualquier  emprendimiento serio o importante será siempre más fuertes que el débil músculo de mi voluntad. Cuando decimos "esta persona no tiene voluntad" en realidad lo que queremos decir es que esa voluntad que es en realidad débil e indisciplinada.

Como todo músculo la disciplina personal debe ejercitarse para crecer. No puede fortalecerse en teoría o como fruto de largas conversaciones.  Y esto empieza desde la primera infancia. Un niño que tiene todo a disposición, que no tiene que esforzarse por nada, que ve sus menores deseos atendidos por una "fuerza externa", llámese en este caso, mamá, nana, o maestra;  es un niño que puede parecer un pequeño tirano de fuerte carácter, pero es en realidad el débil juguete de sus gustos y debilidades.

La norma externa, lejos de ser una limitación, fortalece mi voluntad.  La prescripciones de una dieta, el régimen de ejercicios previsto, el código de convivencia y vestido de una institución, exigen adecuarme a un comportamiento, a unos ritmos de trabajo, incluso a ciertas incomodidades y cansancios, y a mantenerme en ellos por un tiempo determinado. A perseverar en un esfuerzo. Todo ello viene de fuera de mí. Pero de dentro de mí viene la decisión de mantenerme en el esfuerzo por que preveo el bien que espero lograr. Entonces el músculo de mi voluntad se ejercita y se fortalece, y me hago cada vez más libre.

Todo esto presupone conocer y querer el bien previsto. En el proceso educativo, especialmente de los menores esto es más difícil. El niño no siempre puede entender por qué es bueno sentarse a estudiar cuando podría estar jugando, tomar una medicina de mal sabor, o dejar esos chocolates para después. Aquí entra la confianza en sus padres y maestros, y la autoridad que deriva de su coherencia.

Por un mal entendido amor, a veces evitamos a los chicos esfuerzos, contradicciones o el simple ejercicio de paciencia. O somos expeditivos y no nos molestamos en explicarles el por qué de las cosas. Finalmente, no deseamos sufrir nosotros mismo y cedemos a una mala cara o al llanto.  Pensemos que, en realidad, lo que estamos haciendo es un mal de proporciones. Estamos educando un hijo débil y dejándole inerme ante las verdaderas dificultades de la vida.

La formación en la disciplina personal de nuestros hijos y alumnos no es un tema de poca monta. Es hoy fundamental en el contexto de una cultura del confort que ha convertido la debilidad de las personas en una herramienta para hacernos consumidores pasivos, dependientes de la voluntad de los departamentos de mercadeo y finanzas.

Más aun, el mundo de las ideas y de la política vemos como poco a poco se va imponiendo a pueblos enteros valores y limitaciones que habrían sido impensables para nuestros padres. Con una docilidad impactante aceptamos la destrucción de la vidas por nacer, la deformación de la idea y los valores de la familia, y la intrusión del Estado en la formación de nuestros hijos, por mencionar solo unos casos.

Cada uno de estos temas, y muchos más, requieren ser enfrentados por hombres y mujeres con ideas claras y voluntades fuertes. Capaces de sostener un discurso coherente y el esfuerzo perseverante de defender los valores más fundamentales. No es el tiempo de conformarnos con  hijos buenos y respetuosos, es el tiempo de formar líderes capaces de construir una sociedad verdaderamente humana.

El Concilio Vaticano II fue un acontecimiento profético en muchos sentidos. Al releer su "Mensaje a los jóvenes", sorprende su actualidad y hondura. Pero más aún, no puede menos que impresionar que esos jóvenes a quienes convoca a tomar en sus manos el futuro de la humanidad deben ser personas con un espíritu verdaderamente fuerte y libre:
"... En el nombre de este Dios y de su hijo, Jesús, os exhortamos a ensanchar vuestros corazones a las dimensiones del mundo, a escuchar la llamada de vuestros hermanos y a poner ardorosamente a su servicio vuestras energías. Luchad contra todo egoísmo. Negaos a dar libre curso a los instintos de violencia y de odio, que engendran las guerras y su cortejo de males. Sed generosos, puros, respetuosos, sinceros. Y edificad con entusiasmo un mundo mejor que el de vuestros mayores. ..."
¿Son estos los chicos que nos sentimos llamados a formar?